E4 Acústica Arquitectónica
Tópico
El oído humano percibe la intensidad del sonido de forma comprimida —duplicar la energía sonora no duplica la sensación de volumen—, y por eso el nivel sonoro se mide en una escala logarítmica que refleja esa percepción en vez de la energía física directa.
Dentro de un recinto cerrado, el sonido que emite una fuente rebota en las superficies antes de apagarse, y el tiempo que tarda en apagarse —el tiempo de reverberación— crece con el volumen del recinto y baja cuanto más absorbente es el conjunto de sus superficies, porque cada material absorbe una fracción distinta del sonido que recibe y esa capacidad se acumula sobre toda la superficie del recinto. Esto hace que una sala destinada a la palabra necesite un tiempo de reverberación corto para mantener la inteligibilidad, mientras que una sala de música tolere, e incluso busque, un tiempo más largo.
Para el aislamiento entre dos recintos distintos, en cambio, lo que importa no es cuánto absorbe la sala sino cuánto bloquea el elemento separador —un muro, un forjado, una ventana— el paso del sonido de un lado a otro, y esa capacidad de bloqueo sigue de forma aproximada la ley de masa: duplicar la masa de un cerramiento mejora su aislamiento acústico en un salto perceptible, aunque no proporcional al aumento de masa. La diferencia de nivel sonoro que finalmente percibe una persona en la sala receptora depende, además de ese aislamiento del elemento separador, del tamaño de ese elemento y de cuánto absorbe la propia sala receptora, de modo que el mismo muro aislante puede dar resultados distintos según en qué sala termine el sonido.
Por eso este módulo, que abre con una percepción del sonido que no crece en proporción directa a su energía, cierra mostrando que el diseño acústico de un edificio en realidad resuelve dos problemas distintos con mecanismos distintos: cuánto tiempo tarda el sonido en apagarse dentro de una sala, y cuánto logra escapar de esa sala hacia la de al lado.
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