D10 Cubiertas: Lluvia, Nieve, Viento y Estabilidad
Tópico
Una cubierta tiene que resistir simultáneamente tres acciones climáticas que rara vez actúan solas: nieve, viento y lluvia, y cada una pone a prueba un aspecto distinto de la misma cubierta. La carga de nieve que debe soportar depende tanto de la cantidad de nieve característica de la zona climática como de la forma de la propia cubierta: una cubierta plana retiene más nieve acumulada que una muy inclinada, donde buena parte de la nieve resbala en vez de acumularse.
El viento, por su parte, no solo empuja sino que también succiona: sobre buena parte de una cubierta plana o de las zonas de sotavento de una cubierta inclinada, el viento genera una succión hacia afuera en vez de una presión hacia adentro, y esa succión es la razón por la que los materiales ligeros de cubierta —láminas, paneles— tienen que anclarse especialmente bien en sus bordes y esquinas, precisamente las zonas donde esa succión suele ser más intensa. La intensidad de esa succión depende de la velocidad característica del viento en la zona y de cómo la altura y la rugosidad del entorno amplifican esa velocidad.
Finalmente, el drenaje de una cubierta plana tiene que dimensionarse para evacuar el caudal máximo esperado en una lluvia intensa de referencia, calculando bajantes y sumideros suficientes; y una cubierta plana que no mantenga una pendiente mínima retiene agua de forma prolongada, lo que acelera el deterioro de su impermeabilización en vez de limitarse a incomodar visualmente.
Por eso este módulo, que abre con tres acciones climáticas que rara vez llegan solas, cierra mostrando que ninguna de las tres se puede resolver por separado: una cubierta diseñada solo contra la nieve puede fallar por succión de viento, y una diseñada solo contra el viento puede acumular agua que arruina su impermeabilización.
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