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M1 Jerarquía funcional vs jerarquía disfuncional

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El punto de partida de este carril es la autoridad legal-racional: a diferencia de la autoridad carismática o tradicional, que emerge de la centralidad de red, el carisma percibido o la credibilidad acumulada de una persona, la autoridad legal-racional reside en un cargo y no en la persona que lo ocupa. Una regla formal —un nombramiento, un contrato, un organigrama— es la que otorga esa autoridad al cargo, y que resida en el cargo y no en su titular hace que la autoridad legal-racional sobreviva al cambio de titular, aunque la persona que ocupaba el cargo sea reemplazada por otra.

Que la pertenencia a una comunidad organizada alrededor de estos cargos sea condición de un contrato, y no una elección de asociarse libremente, hace que la autoridad legal-racional que reside en un cargo particular se extienda a comunidades enteras construidas sobre el mismo principio: empresas, ejércitos, burocracias estatales, iglesias como institución.

Que los costos de transacción de coordinar caso a caso, en red o en mercado, superen a los costos de coordinar por autoridad dentro de una jerarquía de cargos, hace que aparezca la organización formal: es la razón, según el argumento de Ronald Coase, por la que existen estas comunidades en vez de que toda la coordinación ocurra por negociación libre.

Dentro de esa jerarquía, quien ocupa un cargo tiene una probabilidad de ascenso o de permanencia en él que el mecanismo de nombramiento decide observando su desempeño en ese mismo cargo. Que la correlación entre ese desempeño y esa probabilidad de ascenso o permanencia sea alta hace que la jerarquía se sostenga como una jerarquía funcional, donde el mecanismo de nombramiento premia lo que dice premiar. Que, en cambio, esa misma correlación sea baja o negativa hace que la jerarquía se deslice hacia la disfunción, aunque las reglas formales de ascenso sigan intactas.

Por eso distinguir la jerarquía funcional de la jerarquía disfuncional sirve, dentro de la autoridad legal-racional con la que se abrió este carril, para reconocer que la misma regla formal que otorga un cargo a un titular puede seguir intacta mientras la correlación entre el desempeño de ese titular y su ascenso o permanencia en el cargo cae hacia cero o hacia lo negativo, y que esa caída, por sí sola, hace que el mecanismo de nombramiento deje de premiar lo que dice premiar, aunque nada en las reglas formales de ascenso haya cambiado.

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