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A1 Distorsión individual aislada

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El punto de partida es la persona, representada como un actor individual generalizado que resuelve mediante una función de decisión de costo-beneficio sobre cualquier conjunto de elección que el contexto le presente: qué consumir, cuánto trabajar, cuánto ahorrar, si migrar, si tener hijos, si confiar en alguien, si sumarse a una acción colectiva. Esa función de decisión de costo-beneficio no opera en el vacío: se apoya en un vector de características propio de la persona —sus preferencias, sus recursos disponibles, su identidad, su tolerancia al riesgo— y una restricción de recursos hace que la persona solo pueda elegir dentro de un conjunto acotado de esas opciones. La persona resuelve esta decisión por sí sola, sin que ningún otro actor participe todavía del cálculo.

Lo que la función de decisión de costo-beneficio de la persona realmente utiliza no es el costo o el beneficio objetivo de cada opción, sino la percepción privada que la persona tiene de ese costo o ese beneficio. Aquí entra la primera distorsión del modelo: una manipulación dirigida hacia esa persona, una situación de información asimétrica en la que conoce menos de lo que la otra parte sabe, o un sesgo cognitivo suyo explotado deliberadamente, hace que la percepción privada de costo o beneficio se aparte del costo o beneficio real de la opción. Cuanto mayor es la manipulación dirigida, la asimetría de información o el sesgo explotado, mayor es la distancia entre lo que la persona cree que le conviene y lo que efectivamente le convendría si decidiera con información completa y sin sesgo inducido.

Esta distorsión de la percepción privada de costo o beneficio tiene un rasgo que la define frente a cualquier otra fuente de error de la persona: ocurre uno a uno, sin que medie ningún grupo. La manipulación dirigida, la información asimétrica o el sesgo cognitivo explotado alcanzan a la persona de forma aislada e independiente de lo que le esté ocurriendo a cualquier otra persona en ese mismo contexto —no hay una señal social compartida, ni un tercero que coordine a varias personas a la vez, ni un umbral colectivo que se cruce en conjunto—. Es esa combinación, actuando uno a uno sobre cada persona, la que hace que la función de decisión de costo-beneficio de esa persona, alimentada por una percepción privada ya distorsionada, produzca una decisión distinta de la que habría tomado sin esa distorsión.

La decisión que finalmente toma la persona —ya sea que su percepción privada de costo o beneficio esté distorsionada por esta vía individual o no— es, dentro del actor individual generalizado, la unidad que, repetida y agregada muchas veces bajo un mismo contexto, produce el comportamiento poblacional que miden los seis carriles de comportamiento colectivo: difusión y contagio social, polarización e identidad grupal, dinámica de multitudes, cognición colectiva y toma de decisión grupal, liderazgo e influencia asimétrica, y confianza, cooperación y acción colectiva. La manera en que la distorsión individual aislada alcanza a cada persona —por su cuenta, sin mecanismo compartido— hace que su huella dentro de ese comportamiento poblacional aparezca como decisiones alteradas dispersas entre distintas personas, y no como un movimiento coordinado de muchas personas a la vez.

En definitiva, este primer nivel de distorsión sirve para aislar, dentro de cualquier decisión que tome la persona —consumir, trabajar, ahorrar, migrar, tener hijos, confiar, sumarse a una acción colectiva—, la porción de esa decisión que una manipulación dirigida, una asimetría de información o un sesgo cognitivo explotado uno a uno hacen que se aparte del cálculo de costo-beneficio real de la persona, antes de que cualquier grupo o contexto social haya tenido ocasión de intervenir en ese cálculo.

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