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D3 Ondas Gravitacionales

Tópico

El protagonista de este modelo es el interferómetro que detecta el paso de una onda gravitacional.

Los interferómetros láser terrestres detectan el paso de esa onda gravitacional midiendo el diminuto estiramiento y la compresión diferencial que esa misma onda imprime sobre dos brazos perpendiculares de varios kilómetros de longitud; lo pequeño de ese efecto, un cambio de longitud muy por debajo del tamaño de un núcleo atómico, es precisamente la razón por la que la primera detección confirmada, la fusión de dos agujeros negros, no llegó hasta el año dos mil quince, un siglo entero después de que esas mismas ondas fueran predichas por primera vez.

Desde entonces se han catalogado ya varias decenas de eventos de fusión más, y cada uno de ellos se identifica por la misma firma característica: una frecuencia que va subiendo, un chirrido, a medida que los dos objetos compactos involucrados se acercan entre sí en sus últimos instantes antes de fundirse.

Un futuro detector espacial extenderá este mismo principio de detección a frecuencias mucho más bajas, alcanzando así fusiones de agujeros negros supermasivos que los detectores terrestres no pueden capturar, porque tanto las propias vibraciones de la Tierra como el tamaño finito de sus brazos limitan a esos detectores terrestres a frecuencias más altas. Así, desde el interferómetro que mide el paso de la onda con el que arranca este documento hasta ese futuro detector espacial con el que termina, pasando por la primera detección confirmada y por el chirrido característico de cada fusión, la detección de ondas gravitacionales hace que un temblor del propio espacio-tiempo, más pequeño que un núcleo atómico, termine convirtiéndose en una señal que se puede catalogar, contar y estudiar una y otra vez.

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