A1 Trastornos de la Marcha
Tópico
La marcha humana sigue un patrón normal que combina tres referencias: el patrón cinemático normal, que describe la forma en que se mueven las articulaciones a lo largo del ciclo de paso; la potencia articular normal, que describe la fuerza y el trabajo mecánico que produce cada articulación durante ese mismo ciclo; y la estabilidad normal, que describe la manera en que el cuerpo mantiene el equilibrio mientras camina. El patrón cinemático normal, la potencia articular normal y la estabilidad normal determinan, en conjunto, cómo debería verse una marcha sin alteraciones, y constituyen el punto de partida contra el cual se compara cualquier marcha real.
Dentro de esta marcha, el patrón cinemático normal fija los ángulos, los tiempos y las trayectorias que las articulaciones deberían recorrer en cada fase del paso. Cuando el movimiento articular observado en una persona se aparta de ese patrón cinemático normal, esa diferencia se registra como una desviación cinemática cuantificable: cuanto más se aleja el movimiento real de los valores esperados, mayor es la desviación cinemática cuantificable que se registra.
Junto con el patrón cinemático normal, la potencia articular normal establece cuánta fuerza y cuánto trabajo mecánico debería producir cada articulación en los distintos momentos del ciclo de marcha. Cuando la potencia articular medida en una persona se aparta de esa potencia articular normal, se genera una desviación de potencia articular cuantificable, que crece en la misma medida en que la potencia real se distancia de la potencia articular normal.
Además del patrón cinemático normal y de la potencia articular normal, la estabilidad normal condiciona cómo el cuerpo controla su centro de masa y evita perder el equilibrio mientras avanza. Cuando el control del equilibrio observado se aparta de esa estabilidad normal, aparece una desviación de estabilidad cuantificable, cuya magnitud depende de cuánto se reduce la capacidad de la persona para mantenerse estable durante el paso.
Estas tres desviaciones cuantificables —la desviación cinemática, la desviación de potencia articular y la desviación de estabilidad— no constituyen por sí solas un trastorno: solo lo hacen cuando superan un umbral de significancia. Mientras cualquiera de esas desviaciones se mantiene por debajo de ese umbral, se considera parte de la variación normal de la marcha; en cuanto una desviación cruza ese umbral, deja de leerse como variación normal y pasa a constituir un trastorno de la marcha.
El trastorno de la marcha se clasifica combinando dos elementos que dependen directamente de las desviaciones descritas antes: el tipo de alteración, que queda determinado por cuál de las tres referencias —el patrón cinemático normal, la potencia articular normal o la estabilidad normal— es la que presenta la desviación significativa; y la magnitud de la alteración, que aumenta en la misma proporción en que crece la desviación cuantificable respecto al valor de referencia correspondiente. Un trastorno con una desviación cinemática grande, por ejemplo, recibe una magnitud de alteración mayor que uno cuya desviación apenas cruza el umbral de significancia.
El tipo de alteración y la magnitud de la alteración determinan, a su vez, el impacto funcional del trastorno de la marcha: cuanto mayor es la magnitud de la alteración, mayor es el impacto funcional que produce sobre la capacidad de la persona para caminar. Este impacto funcional es lo que finalmente permite evaluar, en términos prácticos, cómo el trastorno de la marcha condiciona la capacidad de la persona para caminar, y así cierra la relación entre el patrón normal de la marcha descrito al comienzo y la alteración que termina por clasificarse.
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