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E7 Acústica de Salas y Percepción del Habla

Tópico

Cuando una fuente sonora emite sonido dentro de una sala cerrada, parte de la presión acústica que produce llega directamente al oyente, sin tocar ninguna superficie de la sala: a esa parte se le llama el sonido directo. El resto de la presión acústica que produce la fuente sonora choca contra las superficies de la sala —paredes, techo, piso y cualquier otro objeto presente— y rebota en distintas direcciones, generando reflexiones que también terminan llegando al oyente, pero por caminos más largos y en momentos distintos al del sonido directo.

Cada reflexión que rebota en una superficie de la sala vuelve a chocar contra otra superficie de la sala y genera, a su vez, una nueva reflexión, y así sucesivamente, hasta que la presión acústica que produjo originalmente la fuente sonora termina llegando al oyente desde todas las direcciones a la vez, sin que ya se pueda distinguir de qué superficie de la sala vino cada reflexión en particular; a ese estado, en el que la presión acústica reflejada llena la sala de manera pareja en todas direcciones, se le llama campo difuso. Mientras la fuente sonora sigue emitiendo, el campo difuso se sostiene, pero apenas la fuente sonora deja de emitir, la presión acústica del campo difuso no desaparece de inmediato: sigue rebotando y perdiendo energía de a poco en cada nueva reflexión, un decaimiento gradual al que se le llama reverberación.

Qué tan rápido decae la reverberación depende de cuánta presión acústica absorben las superficies de la sala en cada reflexión, en vez de devolverla reflejada: cuanto más absorbentes son las superficies de la sala, menos energía sobrevive a cada reflexión y más rápido decae la reverberación, mientras que superficies de la sala muy reflectantes, como el vidrio o el concreto desnudo, dejan que la reverberación decaiga mucho más lento. A la magnitud que describe esa velocidad de decaimiento se le llama el tiempo de reverberación: el tiempo que tarda la reverberación en perder tanta energía que su nivel cae sesenta decibeles por debajo del nivel que tenía justo cuando la fuente sonora dejó de emitir.

Cuando alguien habla dentro de una sala con un tiempo de reverberación largo, la reverberación de una sílaba todavía no ha terminado de decaer cuando llega el sonido directo de la sílaba siguiente, así que ambas se superponen en el tiempo dentro del oído del oyente. Esa superposición entre la reverberación de una sílaba y el sonido directo de la siguiente rellena los silencios breves que normalmente separan a las sílabas del habla y suaviza los cambios rápidos de intensidad que distinguen a una sílaba de otra, reduciendo la inteligibilidad del habla de la misma manera en que la reduciría un ruido de fondo, aunque en este caso el propio entorno acústico de la sala es el que genera esa interferencia.

Para cuantificar cuánto reduce la reverberación de una sala la inteligibilidad del habla en esa sala, este modelo permite simular el índice de transmisión del habla: una medida de cuánto sobreviven, después de atravesar la sala, las variaciones rápidas de intensidad que caracterizan al habla y que la reverberación tiende a suavizar. Un índice de transmisión del habla cercano al máximo indica que esas variaciones rápidas de intensidad llegan casi intactas al oyente, mientras que un índice de transmisión del habla bajo indica que la reverberación las suavizó tanto que la inteligibilidad del habla se ve afectada. Este mismo modelo permite simular, para distintos usos de una sala —una sala de conciertos, un aula, un auditorio para conferencias—, cuál sería el tiempo de reverberación óptimo: lo bastante corto como para no comprometer la inteligibilidad del habla cuando eso importa, o lo bastante largo como para enriquecer el sonido de la música cuando el uso de la sala lo permite.

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