E8 Comunicación Física y Señalización
Tópico
La comunicación física en mamíferos utiliza múltiples canales físicos para transmitir información entre individuos: ondas acústicas en forma de vocalizaciones, vibraciones mecánicas que viajan por el sustrato, campos químicos formados por la dispersión de feromonas, y despliegues visuales basados en la postura, el movimiento y la coloración del cuerpo.
Las ondas acústicas de la vocalización se generan cuando el flujo de aire que viene de los pulmones hace oscilar periódicamente los pliegues vocales, abriéndolos y cerrándolos a una frecuencia fundamental determinada por la tensión y la masa de los propios pliegues: esa apertura y cierre periódicos producen un tren de pulsos de aire que, al atravesar el resto del tracto vocal, es filtrado por las resonancias propias de esa cavidad —los formantes—, reforzando ciertas frecuencias del tren de pulsos por encima de otras y dando forma al espectro sonoro final de la vocalización.
Las vibraciones mecánicas que viajan por el sustrato mencionadas al comienzo son utilizadas como canal de comunicación por los elefantes, los topos y otros varios mamíferos: los elefantes, en particular, producen llamadas de frecuencia extremadamente baja, por debajo del límite audible para el oído humano, que se propagan tanto por el aire como por el suelo en forma de una onda superficial, alcanzando distancias de varios kilómetros. La detección de estas vibraciones se realiza mediante receptores sensibles a la presión mecánica situados en las patas y en la trompa, especialmente sensibles a las vibraciones de baja frecuencia. Como la velocidad a la que la vibración viaja por el suelo es distinta de la velocidad a la que el sonido viaja por el aire, el animal puede estimar tanto la dirección como la distancia de la fuente comparando cuánto tiempo tarda en llegar la señal por cada uno de los dos canales.
Los campos químicos formados por la dispersión de feromonas mencionados al comienzo transportan moléculas desde su fuente, en glándulas exocrinas del emisor, hasta el receptor, en el epitelio olfativo del animal que las detecta: ese transporte combina dos mecanismos distintos, la difusión molecular, que dispersa el químico por igual en todas direcciones, y el arrastre por el viento o por la corriente de agua, que lo desplaza preferentemente en una dirección. La combinación de ambos mecanismos, moldeada además por la turbulencia del aire o del agua, genera una nube química de forma irregular y ramificada que se aleja de la fuente.
Más allá de transmitir información de un individuo a otro, estos mismos canales físicos de comunicación permiten además sincronizar el comportamiento de todo el grupo —la sincronización de los ciclos reproductivos, la termorregulación conjunta, el comportamiento de manada—, un fenómeno que se puede describir como un conjunto de individuos que se comportan como osciladores acoplados entre sí: cada individuo tiende a ajustar su propio ritmo hasta sincronizarlo con el de los individuos que tiene más cerca, y es esa tendencia a sincronizarse, transmitida precisamente a través de los canales físicos con los que se abrió esta descripción, la que termina coordinando al grupo entero.
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