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A11 Disrupción de Electrorrecepción

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El campo eléctrico biogénico del pez es el protagonista de este modelo: es la señal eléctrica propia que genera el pez y que sus electrorreceptores usan para orientarse y detectar el entorno. La disrupción de la electrorrecepción ocurre cuando campos eléctricos artificiales presentes en el agua enmascaran o distorsionan ese campo eléctrico biogénico, impidiendo que los electrorreceptores del pez funcionen con normalidad. Estos campos eléctricos artificiales provienen de fuentes muy diversas: corrientes de dispersión de instalaciones de acuicultura, líneas de alta tensión instaladas bajo el agua, la electropesca, cables de comunicación submarinos y los electropolos de las embarcaciones. Los peces electrorreceptivos activos, los llamados peces eléctricos débiles, son especialmente vulnerables a esta contaminación eléctrica porque sus electrorreceptores detectan campos eléctricos extremadamente pequeños, tan débiles como un nanovoltio por centímetro.

Esa contaminación eléctrica se superpone al campo eléctrico biogénico del pez de la misma forma en que un ruido de fondo se superpone a cualquier señal que se quiere detectar. Si la potencia del campo eléctrico externo, concentrada en el mismo rango de frecuencias en el que el pez emite su propia descarga del órgano eléctrico, supera el umbral de detección del pez, el pez pierde por completo la capacidad de electrolocalizar su entorno. La intensidad de esta disrupción puede resumirse en un índice de enmascaramiento, que compara la fuerza del campo eléctrico externo con la fuerza del campo eléctrico biogénico propio del pez a la distancia a la que normalmente electrolocaliza: cuanto mayor es ese índice, más enmascarado queda el campo biogénico del pez y menos capaz es este de electrolocalizar.

La corriente alterna que circula por la red eléctrica, con una frecuencia de cincuenta o sesenta hercios según la región, resulta especialmente disruptiva para los peces de agua dulce cuya descarga del órgano eléctrico opera en frecuencias parecidas, porque en ese caso el campo externo cae justo dentro del rango de frecuencias donde el pez es más sensible. La electropesca explota deliberadamente esta misma vulnerabilidad: corrientes de entre cincuenta y trescientos voltios por metro aplicadas al agua de un río provocan primero galvanotaxis, es decir, que el pez se orienta y nada hacia el electrodo positivo, y a intensidades mayores provocan galvanonarcosis, la inmovilización completa del pez; ambos efectos dependen de cuánta corriente eléctrica llega a atravesar los propios tejidos del pez.

Más allá de episodios agudos como la electropesca, la exposición crónica a la contaminación eléctrica también deja una huella medible en el pez: aumenta su umbral de electrolocalización en proporción a la relación entre el campo externo y el campo biogénico introducida antes, y reduce el éxito con el que el pez caza presas cuya detección depende de la electrolocalización. Esa caza menos exitosa termina afectando el estado nutricional y la condición física del pez, de modo que el campo eléctrico biogénico —el mismo que se describió al principio de este modelo como la base de toda la electrorrecepción del pez— cuando queda enmascarado de forma persistente, termina comprometiendo, en último término, la capacidad del pez para alimentarse.

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