A44 Disrupciones químicas
Tópico
El insecto depende de sus receptores olfativos para tres funciones críticas: detectar las feromonas sexuales de su propia especie, localizar alimento y reconocer las plantas que le sirven de hospedadoras; y son precisamente esos receptores olfativos los que los disruptores químicos ambientales —pesticidas, fragancias artificiales, compuestos industriales— pueden bloquear o imitar.
En condiciones normales, la fracción de receptores olfativos del insecto que un odorante natural logra activar depende de la concentración de ese odorante y de la afinidad que tiene por el receptor, según describe la isoterma de Hill: a mayor concentración y mayor afinidad, mayor es la fracción de receptores activados.
Cuando el disruptor actúa bloqueando el receptor, lo hace por inhibición competitiva: compite directamente con el odorante natural por el mismo sitio activo del receptor olfativo, y esa competencia eleva el umbral de detección del insecto en proporción tanto a la concentración del disruptor presente como a su potencia inhibidora —cuanto más concentrado y más potente es el disruptor, más odorante natural necesita el insecto para seguir detectando la señal. A medida que los receptores quedan parcialmente bloqueados de esta forma, el alcance de la comunicación por feromonas del insecto se reduce drásticamente.
En el caso más extremo, el disruptor no bloquea el receptor sino que lo imita: actúa como un agonista completo del receptor olfativo, haciendo un mimetismo de la propia feromona del insecto. Cuando esto ocurre, el sistema olfativo del insecto puede quedar saturado artificialmente con esta señal falsa, y esa saturación impide por completo cualquier comunicación química real del insecto, a diferencia del bloqueo parcial del mecanismo anterior.
Frente a ambas formas de disrupción, el insecto no queda completamente indefenso: cuenta con enzimas de detoxificación, como la glutatión transferasa, que pueden desactivar los odorantes —incluidos los disruptores químicos— directamente en la linfa olfativa que baña sus receptores. Esta desactivación enzimática constituye un mecanismo de adaptación que le permite al insecto recuperar parte de la capacidad de detección que tanto el bloqueo competitivo como la saturación por mimetismo le habían quitado.
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