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A43 Campos electromagnéticos antrópicos

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El insecto, documentado en especies tan distintas como la abeja, la mariposa monarca y la cucaracha, cuenta con una capacidad de magnetorrecepción que se apoya en dos mecanismos distintos y a la vez: por un lado, cristales de magnetita biogénica que actúan dentro del insecto como pequeñas brújulas mecánicas; por otro lado, un mecanismo de pares de radicales alojado en los criptocromos oculares del insecto, que depende de efectos cuánticos del campo magnético en vez de depender de una brújula física.

Ambos mecanismos de magnetorrecepción del insecto pueden verse perturbados por los campos electromagnéticos artificiales que genera la actividad humana: tanto los campos de frecuencia extremadamente baja que produce la red eléctrica como los campos de radiofrecuencia interfieren con la magnetorrecepción del insecto, aunque lo hacen por caminos distintos según cuál de los dos mecanismos esté en juego.

En el caso de los cristales de magnetita, la perturbación se explica por superposición vectorial: el campo magnético artificial se suma, como un vector, al campo magnético terrestre que la brújula mecánica del insecto normalmente sigue. Un campo artificial de apenas el diez por ciento de la intensidad del campo terrestre ya puede provocar errores de varios grados en la dirección que el insecto percibe como norte, si ese campo artificial está orientado perpendicularmente al campo terrestre.

El mecanismo de pares de radicales alojado en los criptocromos oculares del insecto resulta, en cambio, particularmente sensible por una vía completamente distinta: el campo magnético modula el equilibrio entre dos estados cuánticos del par de radicales que se genera dentro del criptocromo al recibir luz, y ese equilibrio es lo que codifica, en forma de una señal química, la dirección del campo magnético que el insecto está percibiendo. Cuando un campo artificial altera ese mismo equilibrio químico, la señal que llega a codificar una dirección deja de corresponder a la dirección real del campo magnético terrestre, y el insecto termina recibiendo una señal de orientación errónea.

Ambas perturbaciones dejan de ser solo una posibilidad teórica cuando se compara el campo magnético mínimo que el insecto es capaz de detectar, estimado a partir de la propia mecánica cuántica del mecanismo de pares de radicales, con la intensidad real de los campos electromagnéticos artificiales que rodean al insecto en la vida cotidiana: ese campo mínimo detectable cae justo en el mismo rango de intensidad que generan los teléfonos móviles y las líneas de alta tensión. Esto confirma que la magnetorrecepción del insecto, tanto por la vía mecánica de la magnetita como por la vía cuántica de los criptocromos, queda expuesta a interferencia real por parte de fuentes electromagnéticas artificiales presentes en su entorno cotidiano.

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