A42 Contaminación acústica
Tópico
El insecto que se comunica por sonido —como el grillo, la cigarra o la abeja— depende de esa comunicación acústica para reconocer a otros miembros de su especie, para cortejar a una pareja y para dar la alarma frente a un peligro; y es precisamente esa comunicación acústica la que la contaminación acústica del tráfico, la maquinaria o la música perturba directamente.
El nivel de presión sonora de esa contaminación acústica se mide en una escala logarítmica, y su intensidad no se mantiene igual en todas partes: se atenúa con la distancia siguiendo la ley del inverso al cuadrado, de modo que la intensidad del sonido que finalmente llega hasta el insecto cae rápidamente a medida que la fuente de ruido queda más lejos.
Aunque esa distancia atenúe la contaminación acústica, el sonido de fondo que todavía llega puede bastar para enmascarar la comunicación acústica del insecto: el enmascaramiento ocurre cuando ese ruido de fondo eleva el umbral de detección que el insecto necesita superar para percibir las señales biológicas de otro insecto de su especie. La ley de Weber establece justamente esa relación: la diferencia mínima de sonido que el insecto todavía puede detectar es directamente proporcional al nivel de ruido de fondo que lo rodea —cuanto más ruido de fondo hay, más grande tiene que ser la diferencia para que el insecto la note.
Esta elevación del umbral de detección tiene una consecuencia práctica directa: en un ambiente ruidoso, la relación entre la intensidad de la señal biológica del insecto y el nivel de ruido de fondo disminuye, y esa disminución reduce el alcance real dentro del cual la comunicación acústica del insecto sigue siendo efectiva.
Más allá de dificultar la comunicación en el momento, un ruido suficientemente fuerte y prolongado deja además una marca en el propio insecto: los mecanorreceptores auditivos del insecto sufren una reducción temporal de su sensibilidad después de una exposición prolongada a ruidos fuertes, una reducción que depende tanto del nivel sonoro al que estuvo expuesto como de la raíz cuadrada del tiempo que duró esa exposición —cuanto más fuerte y más prolongado es el ruido, mayor es la reducción temporal de sensibilidad que sufren los mecanorreceptores.
Si el ruido supera un umbral crítico y se mantiene el tiempo suficiente, esa reducción de sensibilidad de los mecanorreceptores auditivos del insecto deja de ser temporal y se vuelve permanente, y el insecto pierde definitivamente parte de la sensibilidad auditiva con la que percibía las señales de su propia especie. Esa pérdida permanente tiene implicaciones graves para el comportamiento reproductivo del insecto, precisamente porque compromete la misma comunicación acústica —el reconocimiento de especie, el cortejo, la alarma— con la que había comenzado todo este proceso.
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