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A14 Interferencia electromagnética

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El insecto en vuelo comparte el aire con una fuente de perturbación que no existía antes en su entorno natural: los campos electromagnéticos artificiales que generan las líneas de alta tensión, las emisiones de radiofrecuencia y los campos que irradian los teléfonos móviles. Estos campos electromagnéticos artificiales pueden interferir con el vuelo del insecto a través de varios mecanismos físicos distintos, que actúan en paralelo sobre distintas partes del propio insecto.

El primero de esos mecanismos actúa directamente sobre las alas del insecto: durante el vuelo, las alas acumulan cargas triboeléctricas por el simple roce con el aire, y cuando el insecto atraviesa un campo electromagnético artificial, la fuerza de Lorentz actúa sobre esas cargas acumuladas, empujándolas de un modo que termina por perturbar la trayectoria de vuelo del insecto.

El segundo mecanismo no actúa sobre las alas sino sobre las antenas y otras estructuras conductoras del insecto: el mismo campo electromagnético artificial puede inducir corrientes eléctricas dentro de esas estructuras del insecto, y esas corrientes inducidas generan señales espurias que se mezclan con las señales reales dentro del sistema nervioso del insecto, interfiriendo con la información que el insecto usa para volar.

El tercer mecanismo actúa sobre el insecto de una forma distinta a los dos anteriores: en vez de perturbar la trayectoria o el sistema nervioso, depende de cuánta energía de radiofrecuencia, proveniente de esos mismos campos electromagnéticos artificiales, absorbe el tejido del insecto por cada unidad de masa. Cuando esa energía absorbida por el tejido alcanza valores altos, provoca un calentamiento directo del tejido del insecto y puede llegar a desnaturalizar las proteínas que lo componen, dañando físicamente al insecto en lugar de solamente confundir su trayectoria o su información nerviosa.

El mecanismo más documentado de todos, sin embargo, actúa sobre el insecto de un modo distinto a los tres anteriores: no depende de la fuerza de estos campos sino de que el insecto navega usando el campo magnético terrestre como si fuera una brújula. Abejas y moscas poseen magnetorrecepción, un sentido basado en magnetita biogénica o en criptocromos, que les permite orientarse respecto a ese campo magnético natural. Cuando un campo magnético artificial del orden de cincuenta microteslas —una magnitud comparable a la del propio campo magnético terrestre— se superpone a esa brújula natural, el insecto deja de poder distinguir con claridad cuál es el campo terrestre real, y ese conflicto entre ambos campos magnéticos genera errores de orientación significativos en el insecto.

Qué tan fuerte llega a sentir el insecto cualquiera de estos cuatro mecanismos —la fuerza de Lorentz sobre las cargas de las alas, la inducción de corrientes espurias, el calentamiento del tejido o la confusión de la brújula magnética— depende, en definitiva, de qué tan lejos vuela el insecto de la fuente del campo electromagnético artificial. La intensidad de esos campos disminuye con la distancia de dos formas que se combinan: por un lado decae con el cuadrado de la distancia una vez que el insecto se aleja lo suficiente de la fuente, y por otro lado el propio medio por el que viaja el campo absorbe parte de esa energía de forma exponencial a medida que la distancia aumenta.

El resultado práctico de estos cuatro mecanismos combinados es que, cerca de una fuente de campos electromagnéticos artificiales lo bastante intensa, el insecto puede ver perturbada su trayectoria de vuelo, interferida la información que viaja por su sistema nervioso, dañado su propio tejido, o confundida la brújula magnética con la que normalmente se orienta —y esta última alteración es, según lo documentado, la que con mayor frecuencia termina por desviar al insecto de la ruta que necesitaba seguir para volar, migrar o forrajear correctamente.

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